Turquía: una presa en los ríos de los kurdos para matarlos de sed

De Souad Sbai

Una parte de Iraq corre el riesgo de morir de sed por culpa de la maxi presa turca construido en Ilisu. No es una zona cualquiera ya que esta área la población es predominantemente kurda. Por lo tanto, queda más que claro cuál es el objetivo. En un momento de crisis hídrica significa condenar esos territorios a la desertificación.

Evidentemente Turquía ahora cree que es inmune a asumir cualquier tipo de responsabilidad, tanto nacional como internacional. El clima de represión de los derechos civiles en Turquía es bien conocido por todos, por voluntad del sultán Erdogan, pero lo que Ankara está haciendo en el exterior prácticamente no se sabe. Por ejemplo, en Iraq donde la maxi-presa de Ilisu amenaza con matar de hambre a una parte de Iraq. Y no es una parte cualquiera ya que en esta zona, la población es predominantemente kurda, quedándo así más que claro cuál es el objetivo.

La presa, que cuenta con una altura de unos 144 metros, una vez llena cubrirá un ancho de alrededor de treinta mil hectáreas obligando a las personas que han vivido allí durante décadas a mudarse a las ciudades vecinas.

De este modo Erdogan hace muestra de su fuerza. Es un giro de tuerca a las elecciones de fines de junio que hacen ver que su situación política y de consenso no están exactamente en su máximo esplendor. El objetivo queda claro tras la decisión de anticipar a estos días las operaciones de llenado de la presa que estaban programadas para fines de julio.

El Sultán y su ejecutivo apuntan claramente a debilitar aún más a una población ya golpeada fuertemente por los ataques militares, las masacres, los éxodos forzados y la lucha contra el terrorismo yihadista.

Eliminar el agua del Tigris y el Éufrates en un momento de crisis hídrica sin precedentes significa condenar esos territorios a la desertificación; esta es la queja que el gobierno iraquí ha presentado contra Ankara. Pero Ankara no da un paso atrás en la posición tomada a pesar de que podría causar la muerte a un pueblo entero y pretende dejarlo morir de sed durante un verano tórrido, sin saber durante cuánto tiempo.

Una vez más, las intenciones del Sultán Erdogan, y en este caso también sus necesidades electorales imperantes, le convierten en el dueño de una zona devastada, sin tregua. De hecho, al presidente turco no le ha bastado con permitir que los yihadistas y los foreign fighters del ISIS (combatientes extranjeros) entraran y salieran del país con destino a Irak, Siria y Occidente, pero no, esto no es suficiente. No basta con la devastación de Afrin; es necesario apretar aún más las tuercas e ir a golpear en la cara, colocando a los kurdos e iraquíes ante el espectro de un destino atroz y dejándolos morir de sed.

El Tigris y el Eufrates también tienen un valor simbólico que para nada es indiferente: su innegable contribución al nacimiento de una civilización global. Empobrecerlos significa golpear mucho más que dos simples cursos de agua.

Pero a Erdogan se le consiente todo, no se le niega nada y aunque el gobierno de Bagdad proteste y lance la señal de alarma por sequía nadie mueve un dedo. Él es intocable porque da miedo. Sus amenazas de guerra religiosa dan miedo a la comunidad internacional por el cierre de mezquitas en Austria. Sus amenazas a los migrantes son aterradoras. Pero nadie dice que apoya a Qatar, el principal país que financia y apoya al radicalismo yihadista. Tras un año de embargos, bloqueos y prohibiciones, Turquía continúa apoyando a Doha para no arruinar la economía. Silencios ensordecedores sobre Ankara y Erdogan, incluso ahora que las próximas elecciones podrían marcar el comienzo del declive.