Violaciones: la intolerable censura de la identidad de los autores extranjeros

de Souad Sbai

El enésimo acto de violencia perpetrada en grupo tiene lugar en Roma, pero el políticamente correcto obliga a ocultar el hecho de que los autores son bengalíes, so pena de ser acusados ​​de racismo y xenofobia.

Parece que las mujeres agredidas no le importan a nadie. Da la sensación de que la sociedad italiana se está echando a perder.

Actualmente, hablar sobre las violaciones en grupo y tratar de entender el cómo y el porqué se producen este tipo de crímenes abominables se ha convertido en un ejercicio estéril. No porque no haya interés en profundizar en este tipo de dinámicas sino porque a fuerza de extirpar elementos esenciales, se ha acabado convirtiendo en algo aséptico y esta es la peor justificación que se puede poner frente a hechos como una violación en grupo.

La crónica de estos días relata la violencia perpetrada por cuatro extranjeros, por lo que parece de nacionalidad bengalí, contra una mujer italo-eritrea. La mujer estaba esperando al autobús nocturno en una zona “peligrosa” de Roma cuando dos delincuentes borrachos amenazándola con un cuchillo la metieron a la fuerza en el coche para posteriormente llevarla al vertedero, bajo a un paso elevado cerca de Guidonia, y allí agredirla brutalmente.

Las palabras de esta mujer resuenan como el grito infinito de las ametralladoras bajo las indicaciones de que en la crónica no aparezca la nacionalidad de quienes cometen actos delictivos porque de lo contrario se arriesgan a ser acusados de discriminación.

Afortunadamente varios compañeros periodistas que se han ocupado de esta historia han dicho claramente que los culpables son cuatro extranjeros, probablemente  de nacionalidad bengalí; pero desgraciadamente la normalidad en casos como este es que la primera preocupación sea la de no discriminar. El hecho de que una mujer sea agredida brutalmente, violada, golpeada, amenazada y arrojada a un vertedero como si fuera un saco de basura no es la preocupación prioritaria. También de esto se nutre el buenismo de fachada, el populismo del “deja hacer” capaz de permitir cualquier cosa en una sociedad lobotomizada que ni tan siquiera se da cuenta de lo que sucede en realidad. Esta y otras mil locuras criminógenas alimentan el modelo de integración deseado y criado por la élite política y económica a quien no le importa si un extranjero delinque  y viola el pacto social que le permite vivir en Italia: no, a estos señores les basta con que trabajen por la mitad de la mitad que un italiano; para ellos todo va bien mientras puedan seguir explotando a seres humanos.

Pero hay cosas que no se pueden decir porque si uno opina que aquellos que vienen a Italia deben respetar las reglas doblemente porque son invitados, lo más probable es que algunos se sientan ofendidos y le acusen de populista, xenófobo y racista. En cambio sí está permitido que miles de personas sean adoctrinadas en las mezquitas “hazlo tú mismo” ubicadas en garajes o gimnasios. Adoctrinados para odiar al país que les ha acogido, es decir, a Italia. Igualmente se consiente que ríos de dinero lleguen a Italia para financiar centros de violencia.

En nombre de lo políticamente correcto, que luego se traduce en lo económicamente obligatorio, todo está bien y el silencio se convierte oro. De las víctimas solo se puede decir que son víctimas doblemente: de sus agresores y de quienes los abrazan.

No se puede decir que la sociedad italiana corre el riesgo de fragmentarse; si dices la verdad acerca de una mujer violada de una manera tan sucia, automáticamente te conviertes en un enemigo de los “buenos por definición”. Y mientras tanto, las víctimas se sienten incómodas, pensando que no deberían haber contado nada, sintiéndose como si ni tan siquiera deberían existir.